El Nuevo Testamento como guía de la Iglesia: doctrina, autoridad y organización

Toda la Biblia es importante para la fe cristiana. Sin embargo, el Nuevo Testamento contiene la enseñanza de Jesucristo y de sus apóstoles para la Iglesia establecida bajo el nuevo pacto.
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Foto de Aaron Burden en Unsplash
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Toda la Biblia es Palabra de Dios y contribuye a comprender su obra. Sin embargo, el Nuevo Testamento guía a la Iglesia porque contiene la enseñanza de Jesucristo, el establecimiento del nuevo pacto y las instrucciones entregadas a las primeras comunidades cristianas.

Esto no significa que el Antiguo Testamento sea descartable. Tampoco implica que cada acción narrada en el Nuevo Testamento constituya automáticamente una obligación. La Iglesia debe aprender a reconocer mandatos, ejemplos, principios y circunstancias históricas.

En una frase
El Nuevo Testamento guía a la Iglesia porque conserva la enseñanza de Cristo y la instrucción apostólica entregada a las comunidades del nuevo pacto.

La continuidad entre ambos Testamentos

El Antiguo Testamento permite comprender la creación, el pecado, los pactos, la historia de Israel y las promesas sobre el Mesías. Sin esos antecedentes, numerosas afirmaciones del Nuevo Testamento resultarían incomprensibles.

Pablo enseña que los escritos anteriores fueron preservados para instruir y producir esperanza en Romanos 15:4. También explica que determinados acontecimientos de Israel sirven como advertencia para los cristianos en 1 Corintios 10:1-11.

Jesús y los apóstoles citaron constantemente el Antiguo Testamento. Lo utilizaron para explicar la identidad de Cristo, la gravedad del pecado y el cumplimiento de las promesas de Dios.

La diferencia no se encuentra, entonces, entre una parte útil y otra inútil. Se encuentra en el pacto bajo el cual vive la Iglesia y en la forma en que deben aplicarse sus enseñanzas.

Idea clave
El Antiguo Testamento entrega los antecedentes de la fe cristiana. El Nuevo Testamento presenta el pacto establecido por Cristo y las instrucciones dirigidas a su Iglesia.
Dios es misericordioso y justo en ambas partes de la Biblia, pero en el Nuevo Testamento se revela como el Camino, la Verdad y la Vida a través de Jesús.

El nuevo pacto establecido por Jesucristo

Los profetas anunciaron que Dios establecería un nuevo pacto. Jeremías describió una relación en la que la voluntad divina sería escrita en el corazón y los pecados serían perdonados, según Jeremías 31:31-34.

Jesús relacionó el nuevo pacto con su propia entrega durante la última cena en Lucas 22:19-20. Posteriormente, Hebreos explicó la diferencia entre ambos pactos en Hebreos 8:6-13.

La Iglesia no corresponde a una continuación política o nacional del antiguo Israel. Está compuesta por personas reconciliadas con Dios mediante Jesucristo, sin que su pertenencia dependa de nacionalidad o ascendencia.

Pablo explica esta nueva realidad en Gálatas 3:26-29. También señala que Cristo reunió en un mismo cuerpo a personas anteriormente separadas en Efesios 2:11-18.

Por eso, la ley dada específicamente a Israel no puede trasladarse completa y directamente a la Iglesia. Sus enseñanzas deben comprenderse a la luz de Cristo, del nuevo pacto y de la instrucción apostólica.

La autoridad entregada a Jesucristo

El Nuevo Testamento no presenta a la Iglesia como una comunidad autorizada para determinar autónomamente su doctrina. Jesucristo posee la autoridad sobre ella.

Después de su resurrección, Jesús declaró que había recibido toda autoridad y ordenó hacer discípulos, bautizarlos y enseñarles a guardar sus mandamientos en Mateo 28:18-20.

Pablo enseña que Dios colocó todas las cosas bajo los pies de Cristo y lo dio como cabeza de la Iglesia en Efesios 1:20-23. La misma afirmación aparece en Colosenses 1:18.

Cristo no es solamente el fundador histórico de la Iglesia. Continúa siendo su Señor, cabeza y referencia definitiva. Ningún dirigente, congregación o tradición puede ocupar legítimamente ese lugar.

La enseñanza de los apóstoles

Jesús preparó a sus apóstoles para comunicar su enseñanza después de su partida. Les prometió la asistencia del Espíritu Santo para recordar y comprender lo que él había enseñado en Juan 14:25-26 y Juan 16:12-15.

Después de Pentecostés, los primeros cristianos perseveraron en la enseñanza de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones. Esta descripción aparece en Hechos 2:41-42.

Los apóstoles no enseñaban un proyecto independiente. Habían sido enviados por Cristo y debían transmitir fielmente lo que recibieron. Pablo presenta esta responsabilidad en 1 Corintios 11:23, 1 Corintios 15:1-3 y 2 Timoteo 1:13-14.

El Nuevo Testamento conserva esa enseñanza mediante los Evangelios, Hechos, las cartas apostólicas y Apocalipsis. Estos documentos permiten que las generaciones posteriores conozcan el mensaje recibido por las primeras congregaciones.

Mandatos, ejemplos y principios

Seguir el Nuevo Testamento no significa copiar mecánicamente cada detalle cultural del primer siglo. Las congregaciones descritas allí no utilizaban edificios propios, micrófonos, pantallas ni medios digitales. Esa ausencia no convierte automáticamente esos recursos en prácticas prohibidas.

El texto contiene mandatos explícitos. Entre ellos aparecen hacer discípulos y bautizarlos en Mateo 28:18-20, amarse unos a otros en Juan 13:34-35 y recordar a Cristo en la Cena del Señor en 1 Corintios 11:23-26.

También existen ejemplos reiterados. Las congregaciones se reunían, enseñaban, oraban, ayudaban a los necesitados y nombraban ancianos. Esto puede observarse en Hechos 2:42-47, Hechos 14:21-23 y Hechos 20:7.

Finalmente, aparecen principios generales que deben aplicarse en contextos diferentes. Pablo exige que las reuniones contribuyan a la edificación y se desarrollen ordenadamente en 1 Corintios 14:26 y 1 Corintios 14:40.

No todos estos elementos poseen idéntico peso. La Iglesia debe considerar el contexto, la finalidad de cada instrucción y la consistencia con que una práctica aparece en el Nuevo Testamento.

La Iglesia descrita por el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento explica qué es la Iglesia y qué no es. No la presenta principalmente como edificio, jerarquía administrativa o asociación religiosa. La describe como una comunidad de personas pertenecientes a Cristo.

Jesús anunció que edificaría su Iglesia en Mateo 16:18. Hechos muestra que quienes recibieron el evangelio fueron bautizados e incorporados a la comunidad en Hechos 2:37-47.

Las cartas desarrollan esta identidad mediante diferentes imágenes. La Iglesia es el cuerpo de Cristo en 1 Corintios 12:12-27, la familia de Dios en Efesios 2:19 y un templo formado por personas en 1 Pedro 2:4-5.

Estas imágenes destacan comunión, pertenencia y responsabilidad. La Iglesia no está compuesta por asistentes aislados, sino por miembros que participan de una vida compartida bajo la autoridad de Cristo.

Cristo y el liderazgo de las congregaciones

Cristo es la cabeza de toda la Iglesia. Al mismo tiempo, el Nuevo Testamento muestra dirigentes encargados de enseñar, cuidar y supervisar congregaciones locales.

Los términos anciano, obispo y pastor aparecen relacionados. Pablo llamó a los ancianos de Éfeso en Hechos 20:17 y después afirmó que el Espíritu Santo los había puesto como obispos para pastorear la Iglesia en Hechos 20:28.

Algo semejante ocurre en Tito. Pablo ordenó nombrar ancianos en cada ciudad en Tito 1:5 y, al describir sus requisitos, utilizó el término obispo en Tito 1:7-9.

Pedro también exhortó a los ancianos a pastorear y cuidar el rebaño sin ejercer un dominio abusivo en 1 Pedro 5:1-4. Los tres términos describen la madurez, supervisión y trabajo pastoral de estos dirigentes.

El patrón habitual presenta una pluralidad de ancianos u obispos en las congregaciones. Pablo y Bernabé nombraron ancianos en cada iglesia en Hechos 14:23, mientras que Pablo saludó a los obispos y diáconos de Filipos en Filipenses 1:1.

Pregunta relacionada
¿Qué dice la Biblia sobre los obispos?
El Nuevo Testamento presenta a los obispos como supervisores de congregaciones locales y relaciona su función con los ancianos y pastores. Sus requisitos y responsabilidades serán desarrollados en una entrada independiente.

El título de «papa» y la autoridad de Pedro

Debemos ser enfáticos. El Nuevo Testamento jamás utiliza el título «papa» ni tampoco describe explícitamente un cargo con ese nombre. Sólo presenta a Pedro como uno de los apóstoles y le concede un papel relevante durante el ministerio de Jesús y los primeros años de la Iglesia.

Jesús se dirigió especialmente a Pedro en Mateo 16:16-19, Lucas 22:31-32 y Juan 21:15-19. Estos pasajes, siglos más tarde, fueron utilizados por la Iglesia de Roma para justificar la existencia de un cargo humano que actuara como «Vicario de Cristo», papel que la Biblia reserva al Espíritu Santo.

Sin embargo, esos textos no emplean el título «papa» ni menos explican un mecanismo de sucesión para un dirigente universal. Las congregaciones del Nuevo Testamento aparecen supervisadas localmente por ancianos u obispos (y siempre que los menciona, lo hace en plural).

¡Y hay más! Pedro se presentó a sí mismo como apóstol en 1 Pedro 1:1 y como anciano junto con otros ancianos en 1 Pedro 5:1. Además, identificó a Cristo como el Pastor principal en 1 Pedro 5:4.

PRÓXIMAMENTE: La pregunta sobre el papa requiere examinar con mayor detalle los textos relacionados con Pedro y el desarrollo histórico posterior. Por eso, será abordada separadamente sin reducir la posición católica a una explicación incompleta.

Una guía que exige interpretación responsable

Reconocer al Nuevo Testamento como guía de la Iglesia no elimina la necesidad de estudiar. La fidelidad bíblica requiere observar el contexto y diferenciar la enseñanza apostólica de las costumbres culturales.

También exige evitar dos extremos. El primero consiste en atribuir autoridad divina a tradiciones humanas. El segundo es transformar cada detalle circunstancial del primer siglo en una regla universal.

La Iglesia debe volver constantemente a la enseñanza de Cristo y los apóstoles. Este examen no busca reproducir artificialmente el mundo antiguo, sino conservar la fe, la identidad y las prácticas que el Nuevo Testamento entrega a las comunidades cristianas.

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